Un apunte sobre las entrevistas ficticias

Antes de que la revista Diez Minutos decidiese publicar una conversación ficticia con Letizia Ortiz por el décimo aniversario de su boda; mucho antes de que Enric González hablase con Homer con motivo del 25 aniversario de Los Simpson; un periodista de los años 20 tuvo una idea que habría de revolucionar la profesión (léase con ironía):

LAS ENTREVISTAS INVENTADAS

Bajo el título Reportaje con las víctimas, un reportero llamado Alberto D. publicó en diciembre de 1929 una extensa interviú con un pavo y un besugo. «Corremos a entrevistarles», dice el texto recogido en Crónica, «ya que el público reclama los reportajes de lectura ligera, en este movimiento loco de la vida moderna, tan inquieta».

Mi pregunta preferida: «¿Cómo les gusta a ustedes que les guisen?».

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Y por aquí tenéis:

– Otra no-entrevista en Jot Down

– Un artículo de opinión de El País

– Y el rapapolvo de la FAPE a Diez Minutos

Hasta pronto, Richard

[El Museo Reina Sofía acogió este verano la mayor retrospectiva del artista británico que se ha hecho hasta la fecha. Comparto, actualizado, un texto que escribí y que la muerte de Ana María Matute desplazó del papel.]

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Nombrar algo es el primer paso para apropiarse de ello. Dibujar su contorno, aunque sea con palabras, le otorga un lugar en los mapas. «Richard Hamilton es la persona en la que empieza el término Pop Art. ¿Quién descubrió América? Sabemos que estuvieron allí los vikingos, pero Cristobal Colón fue quien le puso nombre. Hamilton comprendió y escribió lo que significaba el Pop Art», asegura Paul Schimmel. Y lo hizo sin eufemismos: «Popular (creado para un público masivo). Transitorio (solución a corto plazo). Prescindible (se olvida fácilmente). De bajo coste. Producido de manera masiva. Joven (dirigido a los jóvenes). Ingenioso. Sexy. Efectista. Glamuroso. Un gran negocio».

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Mierda de artista

Alguien paga 3,2 millones de euros por una cama deshecha – la de Tracey Emin – y una se acuerda, sin maldad ni resentimiento de clase, del traje nuevo del emperador. Ese que no existía pero todos veían y aplaudían. Dejo que la incredulidad fluya durante un rato y después busco una explicación: algo que me convenza de que es la envidia, y no el sentido común, lo que me hace rechazar la cifra.

Conocida por su arte confesional, Tracey Emin (1963) revela detalles íntimos de su vida para atraer al espectador mediante la expresión de emociones universales. Su capacidad para integrar su trabajo y su vida personal permite a Emin establecer una intimidad con el espectador. Tracey nos muestra su propia cama en todo su esplendor embarazoso. Las botellas vacías de licor, colillas, sábanas manchadas, bragas desgastadas: la sangrienta secuela de un ataque de nervios. Con la presentación de su cama como arte, Tracey Emin comparte su espacio más personal, revelándose tan insegura e imperfecta como el resto del mundo.

 My Bed, 1998. Fragmento de la descripción de la Galería Saatchi

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Cultura para qué

Alguien me dijo hace unas semanas que las secciones de Cultura de los diarios son “la espumita del periódico”. Alguien que se ha hecho un nombre trabajando en una de ellas. Yo le preguntaba, después de tomar unos tacos y algo más, para qué servía nuestro trabajo. Y él me respondía, lúcido como de costumbre pero envalentonado por el tequila, que para nada.

Bueno, para nada no. Para nada práctico.

Las conclusión fue, más o menos, que los periodistas culturales escribimos para nosotros mismos. Para nuestra satisfacción personal. Para lograr el reconocimiento de a) aquellos a quienes retratamos y b) nuestros colegas de profesión. También lo hacemos, pero creo que en menor medida, para el disfrute de los lectores. Cabe incluso una tercera categoría: la de los padres que recortan los artículos de sus hijos, periodistas neófitos, y los guardan en una carpeta. Que los lean ya es otra historia.

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