Alguien paga 3,2 millones de euros por una cama deshecha – la de Tracey Emin – y una se acuerda, sin maldad ni resentimiento de clase, del traje nuevo del emperador. Ese que no existía pero todos veían y aplaudían. Dejo que la incredulidad fluya durante un rato y después busco una explicación: algo que me convenza de que es la envidia, y no el sentido común, lo que me hace rechazar la cifra.

Conocida por su arte confesional, Tracey Emin (1963) revela detalles íntimos de su vida para atraer al espectador mediante la expresión de emociones universales. Su capacidad para integrar su trabajo y su vida personal permite a Emin establecer una intimidad con el espectador. Tracey nos muestra su propia cama en todo su esplendor embarazoso. Las botellas vacías de licor, colillas, sábanas manchadas, bragas desgastadas: la sangrienta secuela de un ataque de nervios. Con la presentación de su cama como arte, Tracey Emin comparte su espacio más personal, revelándose tan insegura e imperfecta como el resto del mundo.

 My Bed, 1998. Fragmento de la descripción de la Galería Saatchi

Bien. Así que es su capacidad para «expresar emociones universales» lo que justifica el precio. Algo profundamente nuevo y rompedor en la Historia del Arte, ¿no creen? Lo de la cama también resultaría original si no fuese porque John Lennon y Yoko Ono se encamaron contra la guerra de Vietnam en 1969 y sus fotos dieron la vuelta al mundo. O porque Hugh Hefner levantó el imperio Playboy desde un colchón tan redondo como su negocio. O porque mucho antes Matisse, por enfermedad y no por gusto, había convertido su cama en su estudio. Corrían los años 50 y los futuros padres de Emi ni siquiera se habían conocido.

‘Bed-In for peace’, 1969 (Nationaal Archief – fotopersbureau Anefo). Hugh Hefner trabajando en 1960 (Burt Glinn/Magnum/HH). Matisse trabajando en 1950 (Robert Capa).

En 1999, Emin fue finalista del premio Turner. Un año más tarde, el magnate Charles Saatchi (este animal) compró su obra por 150.000 libras. La semana pasada la vendió por 2,5 millones de libras (los citados 3,2 millones de euros). Les ahorro el cálculo: 16,67 veces más. La gente poco instruida – yo misma – se preguntará ahora si la versión más cerda de su propia cama alcanzaría el mismo valor. Si el «esplendor embarazoso» de su lecho no transmite con la misma intensidad esa «inseguridad e imperfección» de la que hablan los críticos.

Y la respuesta es no.

041_Piero_Manzoni_Merda_26_1961Porque ella es alguien.

Tracey Emin forma parte del movimiento Young British Artists (YBA) junto con Damien Hirst, Steve McQueen et alii, y los desechos de marca valen su peso en oro. No lo digo yo, lo dijo Piero Manzoni en 1961 con su célebre Mierda de artista. El italiano fabricó y firmó 90 latas que contienen, según su etiqueta, 30 gramos de heces, y según su amigo Agostino Bonalumi, un poco de yeso. El contenido es lo de menos, lo importante es que Manzoni las vendió por su peso en oro. Wikipedia resume la idea muy bien:

Se trata de una mordaz crítica del mercado del arte, en el que la simple firma de un artista con renombre produce incrementos irracionales en la cotización de la obra.

El arte conceptual intelectualiza los objetos hasta anularlos. La obra no es la cama, sino la leyenda que la origina y supera. El objeto es un residuo material, un vestigio primitivo que nos recuerda que, tiempo atrás, el arte requería el dominio de una técnica o la gracia de un don. Ahora no. Ahora basta con tener una revelación y esperar a que la Tate se fije en ti.

Tuve una especie de pequeña crisis nerviosa en mi apartamento y no me levanté de la cama durante cuatro días. Cuando por fin logré levantarme me dirigí a la cocina. Mi piso estaba hecho un verdadero desastre. Al ver mi habitación pensé: «¡Oh, Dios mío! ¿Qué pasa si me muero y me encuentran aquí? ¿Y qué pasaría si todo esto no estuviera aquí, sino en otro lugar? ¿Cómo se vería entonces?». Y en ese momento lo vi, me parecía una idea brillante: este es un hermoso lugar que se mantiene con vida. Convertí mi cama en una instalación.

Fragmento de una entrevista con Julian Schnabel

Aparecer borracha en un programa de televisión dos años antes también ayuda a llamar la atención…

… y las confesiones autodestructivas de bad girl going worse siempre son bienvenidas.

Estoy jodida, tengo 35 años y no tengo hijos, soy alcohólica, anoréxica, neurótica, psicótica, fácilmente irritable, muy emocional, demasiado dramática, quejica, una perdedora obsesionada conmigo misma. 

The interview, 1999

Vale que la chica ha tenido una vida complicada, pero yo pensaba que lo del artista atormentado ya había tocado techo. O que al menos no nos parecía tan extraordinario como para pagar 3,2 millones de euros por el producto de su desconcierto. Resumo su biografía en unas líneas. Tracey y su hermano gemelo Paul fueron el fruto no deseado de un doble adulterio: tanto su padre como su madre tenían otras familias. Su padre abrió un hotel en Margate, una población turística próxima a Londres, y durante un tiempo jugó a tener dos mujeres. Pero en 1972 se arruinó y desapareció. En 1976, Tracey fue violada a la salida de una discoteca. La madre volvió a la capital con su nuevo novio. La niña se quedó en Margate, dejó el colegio y se aficionó a las camas ajenas.

There are hardly any photos of family occasions or events. This is because we never really existed like a family. I grew up with a strange extended family of people coming and going.

Tracey Emin: me, my selfie and I, The Guardian, 6 de mayo de 2013

Estas experiencias fueron la base de Everyone I Have Ever Slept With 1963-1995, una tienda de campaña en la que bordó los nombres de todas las personas con las que había dormido en su vida, incluidos dos fetos que no llegaron a nacer. La obra fue propiedad de Saatchi hasta que en 2004 un incendio arrasó el almacén en el que estaba guardada. Después vendrían My Bed y To Meet My Past (2002), que se subastó el año pasado por 600.000 euros. Esta última instalación – una cama con dosel, mantas, cojines y cortinas, todo bordado – es un relicario de sollozos adolescentes: «I cry in a world of sleep», «Please God don’t do this to me», «I cannot believe I was afraid of ghosts».

tracey

‘Everyone I Have Ever Sleep With 1963-1995’ y ‘To Meet My Past’.

A pesar de la historia (y la histeria) de la artista, lo que se ha pagado por My Bed To Meet My Past es una cosa loca comparada con su evolución en el mercado. El año pasado ocupó el puesto 195 de los artistas contemporáneos más cotizados. Sus obras se vendieron por unos discretos 635.000 euros en las subastas, frente a los 40 millones de Jeff Koons (n.2) y los 162,5 de Basquiat (n.1). En 2012 y 2011 ocupó los puestos 224 y 205 respectivamente y no llegó al medio millón de euros. Teniendo en cuenta estas cifras, este año se colocará entre los 50 primeros.

¿A qué se debe la inflación de sus obsesiones? ¿A que han desfilado por medio mundo y cada vez que aparecen en un catálogo suben un poquito de precio? ¿A que los jeques árabes están rompiendo el mercado y juegan en Christie’s a ver quién tiene la billetera más grande? ¿A que especular con el arte es más cool que hacerlo contra el euro o las hipotecas? Quién sabe. Las obras clásicas pueden gustarnos o no, pero hay criterios objetivos que nos ayudan a determinar su valor: técnica, antigüedad, estado de conservación. Pero tanto la «relevancia estética» de la obra como el «lugar» que ocupa en el relato del Arte son cuestiones subjetivas. No digamos ya la bendición que reciben algunos artistas por parte del establishment (historiadores, críticos, museos, coleccionistas, galeristas…).

Lo que sí sé es que el emperador está en pelotas. Y que, como leí aquí hace poco, «el marketing ha fagocitado al talento».

Eso, y que he dormido en sitios peores.

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