Alguien me dijo hace unas semanas que las secciones de Cultura de los diarios son “la espumita del periódico”. Alguien que se ha hecho un nombre trabajando en una de ellas. Yo le preguntaba, después de tomar unos tacos y algo más, para qué servía nuestro trabajo. Y él me respondía, lúcido como de costumbre pero envalentonado por el tequila, que para nada.

Bueno, para nada no. Para nada práctico.

Las conclusión fue, más o menos, que los periodistas culturales escribimos para nosotros mismos. Para nuestra satisfacción personal. Para lograr el reconocimiento de a) aquellos a quienes retratamos y b) nuestros colegas de profesión. También lo hacemos, pero creo que en menor medida, para el disfrute de los lectores. Cabe incluso una tercera categoría: la de los padres que recortan los artículos de sus hijos, periodistas neófitos, y los guardan en una carpeta. Que los lean ya es otra historia.

Recupero esta conversación el mismo día que Pedro G. Cuartango publica en El Mundo una columna titulada ‘Elogio de lo inútil’ que viene a hacerse la misma pregunta: “Pocos se dan cuenta de que el disfrute de la vida depende mucho más de los conocimientos que no tienen ninguna utilidad ni sentido práctico que de la habilidad para engrosar la cuenta corriente”, escribe. “Las preferentes, los bonos y las acciones pueden convertirnos en pobres de la noche a la mañana, pero la cultura siempre nos hace felices. Puedo decir que yo he gozado intensamente de libros, discos y películas, que me han hecho pasar los mejores ratos de mi vida. Siempre están ahí, a mi disposición, y me ofrecen todo sin pedirme nada”.

Prosigo. En la puerta del José Alfredo aprendí más en unas horas que en unas cuantas asignaturas de la carrera. Mi generación suspende en sabiduría de barra. Me explico: se nos ha pasado la época en la que los jefes te llevaban de bares después del cierre y, si las leyendas que existen sobre ese boyante momento de la prensa son ciertas, terminabas la noche ebrio y con una oferta de trabajo. Digamos que corrían los años 90 y los primeros 2000.

“¡Pero maldita sea!”, estaba a punto de decir antes de irme por las ramas, “ni grabé la conversación ni tomé apuntes, así que no recuerdo ni la mitad de lo que sentí que estaba aprendiendo”. Me acuerdo, grosso modo, de lo siguiente:

. La pretensión literaria es legítima. Los periodistas solemos escuchar aquello de que somos escritores frustrados. Puede que algunos de verdad lo sean. Lo bueno de “la espumita del periódico” es que tienes una libertad creativa inédita en comparación con el resto de las secciones. 

. “Escribe para que los que no saben te entiendan y los que sí te disfruten”. Nótese la división del público en niveles. En cualquier caso, y precisamente porque la información cultural no es imprescindible para el día a día de los lectores, quienes le dediquen unos minutos lo harán por gusto, no por obligación.

. Los buenos valen más por las referencias que callan que por las que exhiben. Los libros que has leído, las películas que has visto, lo revisten todo. Pero no de oro. Son la cota de malla que llevas debajo de la ropa.

También recuerdo algo sobre escritores que se casan con periodistas. Sobre cómo Cela, por ejemplo, se llevó a Marina Castaño a la ceremonia de entrega de los Nobel para ‘vengarse’ de la que fue su esposa durante 45 años, Rosario Conde (que, a su vez, había tenido un romance con Caballero Bonald). Y me acuerdo de haber visto a Antonio de la Torre. Y de una historia sobre un paraguas japonés. Pero eso es secreto profesional.

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[ACTUALIZACIÓN 25/10/2014. La refutación absoluta de este artículo, y la prueba de que otra prensa cultural es posible, la encontraréis en esta entrevista: Peio H. Riaño: «Por encima de la crítica está la información», Revista de Letras.]

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