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‘Atomicus Dalí’, por Philippe Halsman.

(Comparto unos párrafos que preparé y no llegaron a ninguna parte)

Escribir sobre Dalí es llover sobre mojado. Retomar la interpretación de sus obsesiones, redundar en su genialidad. Y acabar empapado por su obra y superado por su mito. Primero quiso ser cocinero. Después, Napoleón. Y finalmente quiso ser un icono por encima de todo: “Mi ambición no ha hecho más que crecer y ahora es la de llegar a ser Salvador Dalí y nada más…”.

La retrospectiva que inauguró en abril el Museo Reina Sofía pretendía, justamente, condensar la obra del artista y escapar de los fuegos de artificio del personaje. ‘Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas‘ es ya la exposición más visitada de la historia de Madrid, con 700.000 visitantes y subiendo, y la pinacoteca ha ampliado su horario ante la afluencia masiva de las últimas semanas (la muestra finaliza el 2 de septiembre).

Hablar de exposiciones ‘totales’ o ‘definitivas’ es un error, porque siempre lo son hasta que otra ocupa su lugar. Ya saben, el amor es eterno mientras dura. No obstante, es probable que España no vuelva a ver una retrospectiva de estas características en 25 años. Coincidiendo, por ejemplo, con el 50 aniversario de la muerte del artista (el 23 de enero de 1989, tras un largo declive que empezó con la muerte de Gala en 1982). Por ese motivo, y porque sólo puede publicar 200 o 300 tristes palabras sobre una muestra histórica, comparto algunos párrafos que preparé y nunca llegaron a ninguna parte.

Han de entenderse como ideas sueltas, y en todo caso como complemento a lo que escribió en su día mi compañero, el gran Antonio Lucas, en El Mundo (web y papel). Ahí quedan.

Dos deseos insaciables

La pinacoteca ha tratado de ofrecer “un reflejo del Dalí global” a partir del Dalí pintor, señala su director, Manuel Borja-Villel. La muestra reúne más de 200 piezas: pinturas en su mayoría, pero también dibujos, esculturas, fotografías, películas, revistas y documentos que esbozan la bulimia creativa del profeta de Figueras (1904-1989). Una actividad “proteiforme”, señala el comisario general de la muestra, Jean Hubert Martin, que resultó de “una constante experimentación”. “De un deseo insaciable por todo lo nuevo”, explica la también comisaria Montse Aguer, directora del Centro de Estudios Dalinianos de la Fundación Gala-Salvador Dalí.

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La fertilidad del ampurdanés arranca en su infancia. Sus primeras obras remiten a su familia y a los paisajes de su niñez, los de Cadaqués. En 1922 ingresará en la Residencia de Estudiantes y entrará en contacto con miembros de la Generación del 27 (Luis Buñuel, Federico García Lorca…). Los trazos cubistas de sus inicios pronto desaparecerán en favor de un lenguaje propio: el surrealismo y el delirante método paranoico-crítico. “En verdad no soy más que un autómata que registra, sin juzgarlo, y lo más exactamente posible, el dictado de mi subconsciente: mis sueños, las imágenes y visiones hipnagógicas -entre la vigilia y el sueño- y todas las manifestaciones concretas e irracionales del mundo oscuro y sensacional descubierto por Freud…”.

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20108-402-518Junto a la investigación constante, otro anhelo marcó la obra del autor: el de atención. El de los focos iluminando sus estrambóticas ‘performances’. Asegura Borja-Villel que Dalí “supo interpretar como pocos el papel cambiante del artista en el siglo XX”: el de ‘artor’ (artista + autor). Lo explica bien Jean-Hubert: “A partir de los años 60, los artistas plásticos ya no se conforman con crear obras físicas y estáticas, sino que intervienen personalmente como actores que hacen de bisagra entre las artes visuales y el espectáculo”.

“Dalí se dio cuenta de la importancia de los medios de comunicación, de la publicidad, de lo popular”, continúa. “Hizo del propio artista un objeto de arte”, añade Aguer. Hubo quien le llamó payaso, y hubo quien aprendió la lección: uno de ellos fue Andy Warhol, con quien coincidió en varias ocasiones en Nueva York. A Dalí se le suele considerar uno de los artistas más destacados del siglo XX, pero la comisaria amplía esta definición: “Mucho más allá del movimiento surrealista, podríamos situarlo en el arte tecnificado y globalizado del siglo XXI”. Estaba convirtiéndose, quizás sin saberlo, en uno de los primeros genios de la mercadotecnia.

Una escenografía sin Dalí

Los fondos de la exposición proceden de la Fundación Gala-Salvador Dalí (Figueras), el Salvador Dalí Museum de St. Petersburg (Florida) y el propio Reina Sofía, los tres principales depositarios del legado del artista, y cuenta con préstamos del MoMA, la Tate Modern, el Philadalphia Museum of Art, los Musées Royaux des Beaux-Arts de Bélgica y coleccionistas privados. Una treintena de obras se verán por primera vez en España, entre ellas, ‘Niño geopolítico contemplando el nacimiento del hombre nuevo’ (1943) y ‘Bañistas’ (1928).

La retrospectiva llega a Madrid después de arrasar en el Centro Pompidou de París. Cerca de 800.000 visitantes acudieron a la cita durante cuatro meses (más de 6.500 al día de media), convirtiéndola en la segunda más vista de la historia del museo. ¿Adivinan cuál fue la primera? En efecto, otra dedicada a Dalí (con 850.000 visitas). Fue en 1979, cuando el artista aún vivía, y la exposición se diseñó siguiendo sus indicaciones. “Una escenografía sin Dalí es bastante difícil”, bromeó Jean-Hubert, el comisario, durante la presentación en el Reina Sofía.

Pero no se lamenten. Su ausencia, quizá, juegue a favor de su obra.

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