Atardecer en Beijing.

Atardecer en Beijing. José Manuel Ballester

Hablaba hace poco con José Manuel Ballester sobre el engaño. Sobre la verdad o mentira que hay en retocar unas fotografías. Él lo hace a menudo. Forma parte de su trabajo. No sólo lo reconoce abiertamente, sino que asegura que el Photoshop (como filosofía, no como programa) ha dado lugar a una nueva etapa en la Historia del Arte: el neopictorialismo.

“Podría decir que la verdad no está en los procesos o en los métodos sino en los contenidos que los alimentan”, explica. “La realidad capturada no deja de ser una visión parcial y limitada de un flujo mucho más complejo y extenso que nos contiene a todos”. (La noticia original, aquí)

Su discurso me recuerda al de algunos periodistas narrativos que justifican el uso de elementos ficticios para redondear un relato. Uno de ellos es Mario Jursich, fundador de El Malpensante. No defienden la mentira deliberada, pero sí la inclusión de detalles que ‘refuercen’ o ‘complementen’ los hechos. La diferencia entre Ballester y estos otros autores es que el primero no se lo oculta al público.

Creo que la frase de Jursich fue algo como… “Es algo que no afecta a la esencia de la historia, que por lo demás es real. Pienso que a veces es legítimo inventar un poco si con esa mentira consigues que el lector comprenda mejor la realidad que pretendes transmitirle».

El problema es que se te puede ir de las manos. Hasta hace unas semanas, A sangre fría, el famoso reportaje novelado de Truman Capote, se tenía por una obra clave del periodismo narrativo o non-fiction. Pero unos documentos difundidos recientemente han terminado de confirmar lo que ya se temía: que Capote hizo más literatura que periodismo. 

¿Afectaban sus ‘deslices’ a la esencia del relato, como decía Jursich? En este caso sí.

Por qué y hasta dónde

Leila Guerriero define el periodismo narrativo como “aquel que toma algunos recursos de la ficción -estructuras, climas, tonos, descripciones, diálogos, escenas- para contar una historia real y que, con esos elementos, monta una arquitectura tan atractiva como la de una buena novela o un buen cuento”. ¿Hasta dónde pueden las labores de albañilería modificar el material de la historia? En mi opinión, los límites los pone la intención de la obra, ya sea un texto o una fotografía. Si lo que pretende es deleitar, allá cada uno; si por el contrario busca informar, las normas son más estrictas.

leila

Pincha para leer las 10 claves de Leila Guerriero para planear un texto de periodismo narrativo.

El llamado ‘pacto comunicativo’ es un acuerdo no escrito que establece unas reglas de juego entre los participantes en un acto comunicativo (una conversación, un telediario, una novela…). Estas normas indican al emisor lo que se espera de él, y al receptor cómo debe interpretar los mensajes que le llegan. Por ejemplo: “La ficción tiene el compromiso con el lector de la verosimilitud. El periodismo, de la veracidad. El autor suscribe estos pactos cuando escribe”, señala Doménico Chiappe.

Si incluimos elementos de la ficción en textos que pretenden ser periodísticos, puede que la historia, como narración, resulte más efectiva, pero estaremos confundiendo al lector. Ocurre lo mismo con las imágenes de Ballester. El resultado es soberbio, pero siempre te queda la duda de si lo que ves es lo mismo que verías en el lugar y el momento exacto en que se tomó la fotografía.

Cuando empecé a escribir este post estaba segura de que ‘usar el Photoshop en los textos’ era una mala idea. Ahora tengo mis dudas. Siempre que el lector esté sobre aviso.

Las carencias y el estilo

La ficción puede colarse en los textos periodísticos por tres motivos: por necesidad, por estética o por interés personal.

  1. Se hace por necesidad cuando el reportero no ha sido capaz de recrear una historia completa a través de los hechos y rellena los huecos echándole imaginación.
  2. Se hace por estética cuando, como decía Jursich, sirve para ‘transmitir mejor la realidad’ sin afectar al núcleo del relato.
  3. Se hace por interés personal… cuando la ficción es deliberada. El mejor ejemplo es el de Capote. El escritor mintió en su libro acerca del papel de uno de los policías que investigaron el asesinato de la familia Clutter en 1959. Lo hizo porque llegó a tener una estrecha relación con él, y porque le facilitó el acceso a lugares y partes de la investigación vetadas a otros periodistas.

Cuando el reportero no ha sido capaz de recrear una historia completa pero no quiere recurrir a la invención, Chiappe y Guerriero coinciden en que empleará la pluma para disimular la falta de datos:

“El oficio periodístico tiene dos vertientes básicas. el trabajo de campo y la labor de redacción. Sin una, la otra se resiente. […] El periodismo sufre cuando la escritura intenta disfrazar las lagunas de información. Los periodistas mediocres rellenan estas lagunas ya con elucubraciones (cuando tienen la gracia de saber escribir), ya con dosis de opinión (cuando se sienten iluminados por la sabiduría)”. Doménico Chiappe, Tan real como la ficción (2010).

“La construcción de estos textos musculosos (los del periodismo narrativo) no arranca con un brote de inspiración, ni con la ayuda del divino Buda, sino con eso que se llama reporteo o trabajo de campo. […] sea cual fuere la forma adecuada para contar una historia, nunca será la de un exhibicionismo vacuo de la prosa […] que no logrará disimular el hecho de que un periodista no sabe de qué habla, no ha investigado lo suficiente o no encontró un buen punto de vista”. Leila Guerriero, Contar la realidad (VV.AA, 2012).

Es sorprendente cómo analizan la psique del autor a través de sus textos. Cómo lo sientan en un diván y descubren los engaños de su persona. Quiero decir, de su prosa.

Anuncios