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Hace unos días abordaba el tema de la confianza que los ciudadanos depositan en la información que reciben de los periodistas a través de los medios de comunicación. Según una encuesta reciente de la Asociación de la Prensa de Madrid, nuestra credibilidad media bordea el aprobado (5,42/10).

El asunto que motiva este post es el siguiente: ¿Ocurre lo mismo con la información que los periodistas ofrecen al margen de los medios? ¿Nos parece más confiable lo que nos cuentan porque no percibimos una intermediación empresarial?

Pongamos por caso páginas como Obama World, de Jordi Pérez Colomé, En la boca del lobo, de Ramón Lobo, o Periodistas 21, de Juan Varela. Nadie ha preguntado a los lectores de estos ‘otros’ medios, los de autor, el nivel de confianza que les suscitan. Tampoco se han estudiado las iniciativas nacidas directamente de los profesionales, esos que, tras sufrir un ERE en muchos casos, se han montado un chiringuito sin recurrir a grandes socios capitalistas: es el caso de Materia, La Marea o Infolibre.

Si la APM hubiese incluido estos espacios periodísticos en su encuesta*, creo que habrían sucedido dos cosas:

– Que de las 1.002 personas entrevistadas, pocas los conocerían. Sí, pocas. No olvidemos que los periodistas vivimos mirándonos el ombligo y buscando pelotillas en los ombligos ajenos. Señores, en la vida más allá del nosotros y nuestra hoguera de las vanidades, España es uno de los países con menor índice de lectura de prensa de Europa.

– Que quienes sí los hubiesen leído, les darían más de un aprobado de media.

El porqué, en mi opinión

Se me ocurren cuatro motivos por los que la información periodística difundida de manera independiente alcanzaría mayores cuotas de credibilidad:

  1. Contenidos especializados: dirigidos a un público más reducido, más comprometido incluso, porque requieren una dosis extra de interés o conocimientos previos sobre el tema tratado.
  2. Plataformas propias: es su nombre, su marca y su responsabilidad. Me fío del mensaje porque conozco al mensajero. Esa marca personal es la que hace que, aunque un periodista esté en un medio que nos genere dudas (o aversión directamente), sigamos su trabajo: si ha demostrado que sus argumentos son los de la realidad, y no los de la empresa que le pagaba la nómina, merece la pena hacerlo.
  3. Presuponemos una maldad intrínseca a las grandes empresas de comunicación: cómo no hacerlo, si su fin último es la rentabilidad económica y raramente están capitaneadas por periodistas. También está el hecho de que el PP se está foll**** la televisión pública.
  4. Presuponemos una bondad intrínseca a las pequeñas iniciativas: a primera vista, no parece que sean muy rentables. ¿Por qué alguien invertiría tiempo y dinero en algo que a lo mejor no le da de comer de aquí a unos años? Pues porque les gusta, señores, y porque lo que nos ofrecen es lo suficientemente bueno como para no tirar la toalla.

No digo que las grandes corporaciones sean el demonio de la industria. No es eso. Pero cuanto mayor es el medio, más se diluye la voz del periodista. Del periodista raso, del currante, no del columnista. Una manta ideológica lo cubre todo. “La identidad de la empresa debería ser la suma enriquecida de las identidades de sus personas y no un constructo artificial que pretenda suplantarlas”, leía hace poco en Yorokobu. Además, y lo peor de todo, cuanto más grande es el medio, más prescindible es cada uno de nosotros.

Pero estábamos hablando de la confianza. De la que no depositamos en los medios. Me alegro de que la gente no se fíe. Me da lástima, pero me alegro. Yo me entiendo.

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* Informe Anual de la Profesión Periodística 2012, se puede consultar y descargar aquí.

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