La primera vez que me entrevistaron me di cuenta de que no tenía nada que decir. Fue una cura de humildad. Además, la transcripción fue bastante mala, y la gente debió de pensar que yo hablaba como un indio cherokee, o que mis interlocutores habían hecho una mala traducción del inglés. Me hicieron un flaco favor. Me di cuenta entonces –aunque no por primera vez– del peligro que tenemos los periodistas: podemos generar malentendidos por menos de lo que vale una grabadora. Alguna vez me he despertado en mitad de la noche preguntándome si comprobé bien el dato x de la noticia y que a esas horas ya está en la imprenta. Pero eso es otra historia.

La primera vez que me entrevistaron me di cuenta de que no tenía nada que decir… porque todo lo que decía ya estaba dicho. No, no estaba plagiando a nadie, pero de una u otra forma las grandes cuestiones de la vida ya han sido expresadas. Las ideas de nuestro tiempo estaban aquí antes de llegar nosotros. Me refiero a las ciencias humanas y sociales, no a los avances científicos. Las discusiones actuales son reelaboraciones constantes de conceptos que existen desde hace siglos: las bases del derecho y la política, las del arte, la comunicación, las religiones… Me da la sensación de que no hay nada realmente nuevo desde la toma de conciencia de la capacidad exterminadora del ser humano (y el posterior reconocimiento de los Derechos Humanos tras la Segunda Guerra Mundial). Y hasta eso tiene algo de repetido.

(Sáltate este párrafo si no te interesa). El descubrimiento de América (que fue un tropezón, más que un descubrimiento) dio lugar a un debate histórico sobre la legitimidad del sometimiento de los indios. «Lo más agudo de la crisis de conciencia española respecto a América», según el hispanista Jean Dumont*. En 1550, la Junta de Valladolid discutió, entre otras cosas, si los indígenas eran inferiores o no a los conquistadores.  Se lo plantearon, eso sí, 60 años después de empezar a derramar sangre en el nuevo continente. Bartolomé de las Casas defendió la racionalidad y la dignidad de las civilizaciones indígenas frente a la barbarie de los españoles, «conocidos como tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos»**. Frente a él, Juan Ginés de Sepúlveda, que bajo la premisa de la misión evangelizadora de los españoles justificó «la licitud y hasta la santidad» de la guerra contra los indios. La cosa se enredó demasiado como para que yo la explique aquí. No se llegó a un acuerdo, pero la defensa que hizo el fraile de los «buenos salvajes» fue el primer paso en otra conquista: la de los derechos del hombre.

Hemos nacido demasiado tarde para inventar nada. Seremos eternamente neoclásicos, neoilustrados, neodadás, neoconservadores, neorepetitivos. ¿Cuántos de nuestros libros se leerán dentro de 100 años? ¿Cuántos, si lo consiguen, se estudiarán como se hace hoy con los filósofos griegos, los teólogos medievales o los intelectuales de la Ilustración? ¿Cuántos hablarán mejor del tiempo presente de lo que lo hizo Ortega en los años 30?

Es propio del ser humano creerse en el momento más avanzado de la Historia, sea cual sea ese momento. Asociamos el desarrollo humano con el desarrollo de la técnica (la tékne, la capacidad para crear), en lugar de hacerlo con la sabiduría (el conocimiento del ser, siguiendo el esquema de Aristóteles). Pero un momento como el actual, caracterizado por el servilismo, el crecimiento de las desigualdades y la degradación democrática tiene poco de avanzado.

Siento no ser más concreta, ni más original. Últimamente voy a echar mano de alguna idea y me doy cuenta de que aún no he leído el libro que la genera. El que sea, pensaba hace unos días. Ahora que estoy en paro intentaré leer más. Y escribir mejor, a ser posible.

* El amanecer de los derechos humanos

** Brevísima relación de la destrucción de las Indias

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