Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) se ha especializado en documentar el dolor de las guerras. Durante 25 años ha registrado con su cámara las consecuencias de los conflictos más recientes de América Latina, los Balcanes, Asia y África. Ha madurado desde sus primeros viajes «autofinanciados» en los años ochenta hasta la guerra de Bosnia o el genocidio de Ruanda, consagrado ya y acompañado de grandes nombres como Ramón Lobo y Alfonso Armada. Su trabajo le valió el Premio Nacional de Fotografía en 2009.

La enumeración geográfica de sus experiencias no hace justicia a las víctimas de los conflictos que ha presenciado, pero ayuda a hacerse una idea de la conciencia humana adquirida por el fotoperiodista a lo largo del tiempo. «Si no eres capaz de sentir el impacto del dolor de las víctimas, no serás capaz de transmitirlo con decencia», reivindica el cordobés. «En las zonas de conflicto también se hace mal periodismo», advierte.

Gervasio se percató en sus primeros viajes de que la parte más dura de las guerras era el esfuerzo por sobrevivir en mitad del caos. Al principio dirigía su mirada hacia los muertos y los bombardeos; sofocadas sus pasiones iniciales, se ocupó de reflejar la dignidad de los seres humanos que resisten a la violencia. Instantáneas de mutilaciones en Sierra Leona, hombres y mujeres víctimas de minas anti persona que juegan o duermen con sus hijos, madres cargando a sus niños huyendo por los pasos fronterizos de Kosovo. «Estas fotografías cuentan más sobre las consecuencias de la guerra que todas las estadísticas y las declaraciones de los políticos y las organizaciones internacionales», denuncia el fotógrafo, «discursos pomposos, a veces obscenos y absolutamente hipócritas».

El negocio de la guerra

Gervasio ve tanto la paja en el ojo ajeno como la viga del mercado de armas en el propio. Señala a España y recuerda que las guerras del siglo XX no se hicieron con palos y piedras. Su denuncia más célebre sobre este asunto fue durante su discurso de agradecimiento cuando recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en 2008. A los representantes institucionales les pitaron los oídos:

«Todos los gobiernos españoles, desde el inicio de la Transición […] permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas», declaró delante de varios ministros y ex ministros. «Me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo».

El pasado jueves 12 de abril, durante su intervención en una charla sobre la guerra de Bosnia celebrada en el Centro de Bellas Artes de Madrid, Gervasio afirmó que para acabar con las guerras «primero hay que terminar con el gran negocio que suponen», y aportó un dato significativo: actualmente la Unión Europea es la máxima exportadora de armas ligeras del mundo.

Independencia profesional

«Siempre he hecho lo que me ha dado la gana porque me lo he pagado de mi bolsillo». Dejó de trabajar de camarero el día antes de cumplir 32 años, «cuando me di cuenta de que ya podía vivir del periodismo», recuerda. Hasta entonces, financiaba sus viajes con lo que ganaba sirviendo paellas en verano. Lejos de acomplejarse, reconoce que le ha dado una libertad de la que carecen los periodistas de los medios «abonados al poder y con diversos intereses».

Apuesta por el periodismo «impertinente» y le molesta que los periodistas empleen el término «equidistancia». Frente a la corrupción política y económica o frente a las guerras «no hay que ser equidistante, hay que ser riguroso». En el segundo caso, además, hay que ser capaz de apartarse de la especulación automática y observar con perspectiva los conflictos. «Cuando todo se desmorona, aparece lo peor del ser humano», asegura. «No nos engañemos, los asesinos son personas como nosotros».

El fotógrafo concluye la entrevista con una frase de Hélder Cámara, conocido arzobispo brasileño defensor de los derechos humanos: «Cuando uno trabaja con el sufrimiento, siempre acaba preñado de dolor». Gervasio intenta no preñarse, en la medida de lo posible. Para ello, vuelve a los lugares donde retrató cuerpos y edificios en ruinas y observa su evolución en el tiempo. Los ríos vuelven a su cauce a pesar del barro. Las víctimas de minas anti persona recuperan su vida y la multiplican en la de sus hijos. «Es lo que me sana mentalmente», reconoce el fotoperiodista.

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