El gusto por los caramelos digitales puede terminar por arrastrarnos a un analfabetismo analógico de difícil solución. La moda de crear aparatos tecnológicos que cubran necesidades que hasta ahora no sabíamos que existían – de lo que deduzco, por tanto, que no serían tan importantes – nos ha llevado a un nivel de caprichismo insólito en la historia.

En los últimos cinco años hemos pasado de los politonos a los teléfonos móviles inteligentes con cámara de vídeo y conexión a internet. Del ordenador de mesa tamaño Vademecum al netbook de 1.100 gramos y 12 horas de autonomía. No hablemos ya del iMac, iPod, iPhone, iPad y demás inventos de la mercadotecnia que, por muy forzadamente útiles que parezcan, no nos sacarán de la iGnorancia. Acaso nos sumirán en una mayor y más detestable, la incultura de la escritura manual, de la lectura física, del tacto del papel y el contacto humano.

Educamos a los niños en el entorno binario y los inutilizamos en el abecedario. Gangrenamos sus capacidades motrices permitiendo que se socialicen inmóviles ante las pantallas, dejamos que un corrector revise su deficiente ortografía, que elijan cómo, cuándo y cuánto ocio digital consumen a diario.

Decía Ortega que el poder social del dinero es tanto mayor cuantas más cosas haya que comprar. Me atrevo a parafrasearlo y digo que el poder (que no el valor o utilidad, sino el poder) social de la tecnología es tanto mayor cuantas más tareas analógicas podamos realizar a través de ella con el mínimo esfuerzo. Esa dependencia voluntariamente adquirida nos ata a infinidad de instrumentos que nunca antes habíamos empleado para hablar, escribir, ver, escuchar, sentir, pensar, tocar, amar.

La abundancia de este tipo de intermediarios nos hace pobres. Analógicamente hablando.

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