La Transición es una tirita. Una tirita enquistada en la carne de España, como las señales de tráfico que la corteza de los árboles termina por absorber. Una solución rápida y chapucera, suficiente en un momento de necesidad, pero inevitablemente provisional. La tirita oculta la sangre, pero no cierra una herida que requiere desinfección y puntos.

Pasan los años y la mierda se acumula en torno al apósito. La Constitución,  la Monarquía, las autonomías, la Iglesia, la Ley Electoral, la memoria envenenada, la impunidad… El pegamento gris de los bordes indica que ha llegado el momento de retirarlo y dejar que la herida respire, se forme una costra y, tras esta, aparezca la marca blanca y lisa que recuerda la historia de un impacto. Pero España tiene miedo a retirar la tirita y comprobar que, como sospecha, la herida está lejos de cerrarse, supura y se mantiene húmeda desde 1976. Es más, está peor que al principio, pues al corte de Franco se ha unido la septicemia de las zonas aledañas, un pantano de apaños, leyes partidistas y olvidos forzados.

Muchos de los que pusieron la tirita aún se felicitan por ello y defienden la vigencia del remedio. Rechazan una revisión médica del paciente por dos motivos: porque según ellos ya no hay herida, o porque habiéndola, creen que la cirugía moderna de la democracia no es mejor que la venda podrida de la Transición. Pero el hedor que desprende el principio de gangrena del enfermo, de España, indica lo contrario.

Los padres de la democracia española prefirieron, como cirujanos medievales, hacer una lobotomía social al país antes que juzgar su historia reciente y depurar responsabilidades. Les bastó con ocultar los síntomas del malestar nacional y negar la existencia de las dos Españas (que las había, ¡que aún las hay!). Fallaron en la forma y la intención del proceso, en la extrema prudencia y el valor cortoplacista del cambio. Entiéndase todo ello como una opinión, no como una verdad revelada.

Lo peor de la Transición es que no ha terminado, y no lo hará hasta que las generaciones no contaminadas por la dictadura arranquen el plástico infecto, reabran la herida y la dejen secar al sol. A la vista de todos. Con la ayuda de todos.

Bisturí.

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