La falta de tiempo y el exceso de ganas de leer han hecho que cultive el gusto por los relatos cortos entre horas, y deje las filosofías para los momentos muertos en la redacción y los días de descanso. Tras El señor de las moscas (William Golding, 1954) vino Laura y Julio (Juan José Millás, 2006), y después Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carrol, 1865), intercalada con un affaire que preveo prolongado con La rebelión de las masas (Ortega y Gasset, 1926-1931).

No esperaba experimentar con Alicia nada parecido a una iluminación, es más, tenía un recuerdo bastante malo de la primera vez que leí el libro, probablemente porque mi edad y la traducción del cuento, ambas correctas pero insuficientes, no me permitieron entender la intrahistoria. Pero hace unos meses encontré en una librería de segunda mano un ejemplar pequeño, brillante de nuevo, con la tapa amarilla e ilustrado con los dibujos que hizo John Tenniel para la edición de 1865. Y por 3 euros le di otra oportunidad.

Alice Liddell fotografiada por Lewis, disfrazada de mendiga.

Lo primero que descubrí fue que el tal Lewis Carrol (Charles Lutwidge Dodgson) fue profesor de matemáticas en el Christ Church College de Oxford y que Alicia era en realidad una de las hijas de Henry Liddell, el decano del colegio. Rápidamente se intuye que Lewis tenía una clara inclinación, y no precisamente paternal, hacia la mediana de las hermanas, de 10 años. Si se investiga un poco, las sospechas aumentan, alentadas por el hecho de que al autor le gustaba especialmente retratar a niñas de la edad de Alicia (en la foto).

La historia que subyace al libro permanece oculta para el público infantil, intoxicado por la manufactura de Disney. Pero bajo la literalidad de las palabras se descubren referencias, juegos de nombres y caminos que nos llevan a Roma. Muchos son imperceptibles sin las notas de un buen traductor. Sinceramente, creo que el cuento valdría mucho menos de no ser por la ‘devoción’ del autor por la pequeña protagonista.

Pero nada de lo anterior ha motivado mi artículo. Me pierdo en la introducción y el eterno principio acaba siendo el cuerpo de lo que escribo. El cuerpo pasa a ser el final, me monto la película y prometo una secuela. Sigamos.

Imagen de la escena

Un pasaje que me hizo reflexionar (el único) fue la reunión que Alicia mantiene con el Sombrero Loco y la Liebre de Marzo. Ambos toman el té junto a un lirón que, en mitad de una conversación absurda, empieza a contar un cuento – no menos absurdo – en el que tres hermanas viven en el fondo de un pozo de melazas (unos dulces de caña de azúcar). Entonces Alicia se enfada y dice: ¡No existe tal cosa!

La anécdota no tendría nada de especial si no fuese porque desde que se coló en la madriguera detrás del Conejo Blanco no ha parado de experimentar cosas extrañas, pero las ha aceptado con naturalidad. Ha cambiado varias veces de tamaño ingiriendo una seta, ha hablado con los animales, ha acunado a un niño que resultó ser un cerdo y ha perdido la memoria. Pero a pesar de todas las cosas incomprensibles que le suceden, ella afirma que no es posible que tres niñas vivan en un pozo de melazas.

De repente el País de las Maravillas es más real que una historia inventada y ella marca los límites de la certeza. Olvida la mentira en la que está envuelta, el sueño, la calidad onírica de sus encuentros y se niega a caer en la farsa del pozo de melazas, pues con toda seguridad las niñas se habrían puesto muy enfermas del empacho. Razonable.

Lo que intento explicar es lo siguiente. A veces nos encontramos inmersos en engaños descomunales, en situaciones inexplicables a las que sólo se llega empleando muy poco la razón o muy mal el instinto. La excepción se convierte en regla y somos capaces de convivir con la extrañeza, como hace Alicia, sin sobresaltarnos demasiado. Pasado un tiempo no nos damos cuenta de que la vida en la madriguera, a la que nos hemos acostumbrado, no es normal. Nuestra nueva realidad es la ficción, y por fuerza, nuestros cuentos, han de ser verdad.

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