Algunos seres echan raíces. En una maceta, una silla, una empresa o un modelo de negocio obsoleto del que absorben lo justo para sobrevivir. Entre los anteriores vegetan periodistas anquilosados que creen que han llegado a su cima profesional, que ya lo han hecho todo en la vida y que su experiencia pesa más que su apatía en su puesto de trabajo. No temen que un joven con iniciativa amenace su estabilidad laboral porque saben que éste no conseguirá un contrato indefinido hasta los 35, y para entonces estará tan cansado de ser becario o precario que habrá vendido su alma a Grijelmo por un sueldo decente. Los periodistas-maceta no actualizan sus conocimientos porque alguien les dijo que sólo un meteorito podría acabar con los dinosaurios.

Foto de archivo del Sr. X

Foto de archivo del Sr. X

Por otra parte, no dan la lata. Como los ficus, no tienen flores, no son originales ni decoran. No obstante, de ellos sólo se espera que no mueran antes de tiempo y que ocupen su espacio con dignidad. Los ficus son plantas de gente conservadora. Hacen la fotosíntesis esperando el día de su jubilación y rezan para que la comunicación no cambie mucho hasta entonces, para no tener que desaprender y volver a brotar a los 50 años. El Sr. X es (o al menos lo parece) uno de esos periodistas que echan raíces en su escritorio. Puede que en el pasado fuese almendro antes que ficus, pero pocos frutos le quedan ya. Permanece perenne al entorno 2.0 y la oscuridad del todo gratis de Internet le hace expulsar CO2 en cantidades venenosas.

La mesa que lo separa del público es una metáfora de la barrera que protege a los periodistas analógicos de la influencia de los híbridos digitales que vienen dando por detrás (!). Quizás me equivoque de principio a fin y el tipo sólo tenga un mal día, pero las sensaciones transmitidas son más bien pobres. Abandonar la silla y exponerse en el estrado otorga fuerza al discurso del ponente, pero también lo hace más vulnerable.

La visibilidad interesa cuando tenemos ideas-fuerza capaces de superar, o al menos equilibrar, las críticas que puedan surgir, y a lo mejor el Sr. X se ha dado cuenta de que no tiene mucho que enseñar a aquellos que afrontarán el cambio por imperativo profesional. “Las rutinas del pasado, pasadas están”, debió decirle su almendro hace tiempo, y le invadió un desasosiego tal que cayó a plomo, se atrincheró en la retaguardia y volvió a ser ficus. Quizás fuese por eso, quizás porque está cansado. Cansado de que le roben contenidos a través de Google y de que cualquier mono con un ordenador le haga la competencia (los públicos son los nuevos medios, dicen, ya veremos…).

No le juzgo. Las raíces de la estabilidad, a una edad, son todo lo que algunos necesitan.

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