Cuando leí la noticia de la persecución de Assange me dije, ‘esto ya lo hacían en Grecia’.

Si algo aprendí en el instituto fue Filosofía, y retórica también (siempre me han dicho que tengo mucha labia), y ambas cosas me ayudaron a llegar donde estoy. No muy lejos. El caso es que en uno de mis complicados años de adolescencia topé con un profesor que, además de hablar de las ventajas del fascismo y la religión en un centro público de enseñanza, me explicó lo que eran las falacias. La teoría y la práctica, porque él las empleaba a menudo.

Las falacias o sofismas son errores argumentales o “patrones de razonamiento malos que aparentan ser buenos” (by Wikipedia). Griegos y romanos las colaban en su oratoria; veinte siglos después, las seguimos usando con espantosa eficacia. Una de ellas, la que nos lleva de vuelta a la persecución de Assange, es la que John Loche denominó ad hominem y que los clásicos conocían como argumentum ex concessis. Esta modalidad trata de invalidar un discurso atacando a quien lo pronuncia, y no su contenido: lo que se dice puede ser una verdad demostrada, pero criticando el comportamiento, la moralidad o las preferencias del mensajero, se pone en duda su mensaje.

En el caso de Wikileaks, la falacia que juega en su contra es ad hominem abusiva. Se airea la basura de su fundador (que no digo que no la tenga), se deslegitima su palabra y se invalida su proyecto, como si de aquellos polvos (los del Assange) saliesen estos lodos, los que ensucian sus cables hasta hacerlos ilegibles. Y tras el descrédito, la Santa Inquisición. Después del juicio por unos presuntos abusos sexuales en Suecia, que en España serían el equivalente a rozarle el muslo a una desconocida, con perdón, puede producirse un incierto proceso en Estados Unidos por un delito de… transparencia.

Como explica Jennifer Robinson, abogada de Assange, “es más fácil para los Gobiernos acusarle de crímenes y de poner en riesgo la seguridad nacional que lidiar con el contenido de los cables, que reflejan abusos de derechos humanos y corrupción”. Más fácil y más rentable, más mediático, más americano, ¡qué coño! Assange ha pecado de injerencia en asuntos marrones internos, de esos que sólo se hablan de puertas de la Embajada para dentro, de ‘incitación’ a la revelación de documentos, de alborotador de conciencias y removedor de mierda diplomática, de muckraker, ¿les suena? Pero nada de esto figura en el código penal norteamericano, así que invito a los que se hayan sentido violados por la labor de Wikileaks que sigan mejorando su retórica para despistar a los ciudadanos, o será Lucio S. Catilina quien rechace sentarse con ellos.

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