Son numerosos los artículos y entrevistas publicados por los diarios de todo el mundo sobre el futuro de la prensa. Me atrevería a afirmar que cada día, al menos un periódico nacional cuelga o imprime algo relacionado con los modelos de negocio en Internet o las bienaventuranzas de las redes sociales como nuevas ‘herramientas periodísticas‘. Existen unas 130 cabeceras diarias de pago en España, algunas más contando las gratuitas, así que la estadística está conmigo. Un centenar de medios buscando apuestas atractivas para los públicos más jóvenes, aquellos que nacieron con una cuenta de hotmail, como mínimo, bajo el brazo. Adaptando sus libros de estilo a las exigencias de la Red. Olvidando, muchos de ellos, que nacieron del papel. Temiendo, otros tantos, que si no se actualizan morirán con él. Pero dejemos el después y volvamos al ahora.

Hace un mes llegué al Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS) del CSIC con una beca de verano, y pronto descubrí que disponía de una de las mejores bibliotecas y hemerotecas de revistas de todo el país. No obstante, no tenía ni un solo periódico. Me pregunté entonces por qué un centro que, según sus operadores, cuesta 6.000 euros diarios poner en marcha (en concepto de personal, seguridad y energía), no puede o no quiere gastar 12 euros al día para comprar un puñado de periódicos.

El CSIC es, según el último Ranking Web de Centros de Investigación, que mide el prestigio, la actividad y visibilidad pública de dichos organismos, el sexto centro mejor valorado en Europa y decimonoveno en todo el mundo. Los científicos del CCHS estudian la cultura, conocen la Historia, la Lengua y la Filosofía, pero no sé hasta qué punto – y lo digo desde el más profundo respeto hacia su labor – lo hacen conscientes de la vida que hay más allá del fondo documental de la calle Albasanz nº26, sede del centro.

El Periodismo, con mayúsculas, es la Lengua. La Historia está en la prensa. Y la filosofía. Los periódicos son notarios de la realidad cotidiana; no concibo un estudio completo de las Ciencias Humanas sin prestar atención a la propia representación de la actividad ciudadana. A pesar de ello, y para mi desagradable sorpresa, cuando dije que estudiaba Periodismo más de uno se preguntó la utilidad de mis conocimientos en un proyecto de investigación. Me desquito ahora y respondo que el conocimiento está en cualquier parte, siempre que haya voluntad de adquirirlo, y algunos parecen obviar el que se encuentra en los periódicos.

La prensa en papel quizás no aguante los embistes de la triple w durante más de cuatro o cinco décadas, pero el problema no es sólo la crisis de la publicidad, como más de uno se tragó hace un par de años, creyendo que todo volvería a la ‘normalidad’. El cáncer de esta profesión es la falta de reconocimiento por parte de los ciudadanos. Se lo debemos a la proliferación de medios low cost con poca o ninguna credibilidad, alimentados sin remordimiento por gabinetes de comunicación; al empleo de la prensa como altavoz político; a la falta de formación y al auge de un modelo televisivo tan espectacular como vacío, que eleva las miserias del vecino a la categoría de noticiable.

Esta revolución, la nuestra, no es más que una transición un poco atropellada, pero no hay nada a lo que los usuarios no se acostumbren. En una década hemos construido móviles con bluetooth, reproductores mp3, mp4, videoconsolas con sensor de movimiento, vehículos con cambio automático y gps, iPods, iPads y otros tantos caprichos. Hagamos uso de las herramientas que la tecnología nos proporciona, pero sin renunciar a lo mejor del papel: la credibilidad, el prestigio y la permanencia. La figura del periodismo auténtico desde hace 400 años, el primer producto tangible de la profesión.

Cúmplase la voluntad del público y sucumba el papel a las pantallas, pero si está en nuestras manos, que la muerte sea digna.

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